23.3.08

Egos revueltos*
Juan Cruz

A finales de los sesenta, cuando ya estaba a punto de morir, el viejo poeta Ezra Pound aceptó encontrarse con algunos colegas suyos que querían tocarlo, sin duda para contarlo. Entre ellos estaba el mexicano Homero Aridjis, que les sobrevive a todos, y que fue quien contó esta anécdota.

Ezra Pound no quiso hablar; estaba mustio desde hacía años, vivía un difícil exilio interior, no soportaba la palabra, y no soportaba a sus colegas, que le rodeaban para llevarse alguna reliquia, una palabra, un mirada. Junto a él, en la actitud de adoración lírica que suele darse en estos casos, Octavio Paz, Allen Ginsberg, Charles Tomlinson, Aridjis… Estaban en Spoletto, Italia, acababan de asistir a la representación de Don Giovanni, de Mozart, con escenografía de Henry Moore, y todos querían excitar al maestro con sus historias.

Octavio Paz se identificó a sí mismo, a su modo: “Yo soy Paz”. Ginsberg le cantó una mantra, para entretenerlo, Tomlinson le recitó poemas, y el propio Aridjis le habló de un músico, Gerhard Munch, que había sido amigo del poeta, que mantenía un silencio introvertido, hosco. A todos les respondió con silencio, un silencio pesado e incómodo que la historia de cada uno de ellos, con la excepción de Aridjis, convertiría en una conversación inolvidable.

Y en efecto, unos meses después, Ginsberg, Paz, Tomlinson…, cada uno escribió sobre lo que que Pound les dijo aquel día en que compartieron la gloria de hablar con el poeta vivo más importante del momento. “Y yo no escribí, fui la excepción”, nos dijo Aridjis, “pero tuve la tentación de escribir para decir que lo que allí hubo fue silencio, y nada más”.

Aridjis nos lo contó cuando le preguntamos sobre el ego de los escritores. Los escritores se juntan muchas veces para medirse, y si se miden con la altura se sienten altos; en la costumbre de nombrar (a escritores importantes, a políticos, a artistas) hay también un egocentrismo que cultiva muchísima gente, pero que los escritores animan selectivamente: se es más, se piensa, si se está con quien es más.

Se dice que los escritores desayunan egos revueltos. Primero yo, y después yo, una comida suculenta y repetitiva. Es consecuencia de la soledad en la que escriben, pero es también –lo dice el propio Aridjis— de la necesidad de un espejo, y el espejo que más a mano se tiene es el propio. Antes que ningún otro, el espejo propio. Aridjis tiene en el espejo de su casa un refrán: “Rompí el espejo, no creo en mi mismo”.

A los escritores les gusta medirse con el futuro a partir de la reforma del presente: Paz y Alberti o Neruda y Paz se encontraban y se desencontraban porque tenían egos equivalentes, pero en sus memorias es difícil hallar referencias que revelen los celos que los animaban. El reciente libro de diarios de Adolfo Bioy Casares, que refleja sus conversaciones cotidianas con Jorge Luis Borges, son el reflejo del choque de egos: Borges contra el resto del mundo. Pero Borges no es excepcional. Los libros de entrevistas con el más famoso autor argentino reflejan, verdaderas o falsas, algunos de esos encontronazos, que tuvo con sus próximos (el mexicano Arreola le apabullaba, y tras una conversación con él salió diciendo: “Muy interesante, pude introducir unos sabios silencios”; de la novela más famosa de García Márquez dijo: “Son mejores los primeros cincuenta años…”) y con sus lejanos, como Cervantes, a quien hubiera leído mejor en inglés… No soportan la enumeración: un escritor encumbrado abandonó una reunión porque fue nombrado como el tercero de los favoritos…, y no cesó su herida aunque le gritaron de lejos que estaba el tercero pero por orden alfabético.

La leyenda sobre los escritores egocéntricos deja fuera a los que parecían sencillos. Pero Julio Cortázar, por ejemplo, o Juan Rulfo, o el insumiso Juan Carlos Onetti, por nombrar a algunos de la lista de los modestos, pasaron a la historia por su modestia registrada, y sin embargo sobre ellos pesan anécdotas que desmienten que fueran santos de la humildad. Cortázar le escribió a José María Arguedas recordándole que él dirigía una orquesta en París mientras que Arguedas tocaba la quena en Perú. Rulfo dijo que escribió Pedro Páramo porque no hallaba uno similar en su estantería. ¿Y Onetti? Siempre pensamos que le daba lo mismo ser conocido o ser desconocido, pero a la semana de la salida de sus libros llamaba al editor: “¿Y esos anuncios?”…

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*Fragmento del reportaje aparecido en la edición del sábado 29 de marzo de 2008 del suplemento Babelia, del diario El país.