10.8.14

Novedades


Salón Regio

Lo peor del amor cuando se acaba 

Así como nadie te entrena para no parecer un autómata en situaciones en donde sueles decir las obviedades más insignificantes, tampoco nadie te prepara para el fracaso.

13.1.14

130114

"Pero yo no sabía nada de lo que estaba diciendo, ni de a quien tenía delante, porque estabas tú aquella noche larga de novecientos, o del dos mil, tú y los tesoros, tú y todas las torres, tú y todos los jazmines, y yo estaba tan bebido, y estaba deseando, y vi a aquella niña de veinticinco años y sólo pensaba en tocarle la cara y estuve toda la noche despidiéndome para poderla besar, porque el que se despide puede besar a las princesas, y cuando la besaba le acariciaba la cara y le decía cuídate mucho, cuídate mucho porque nunca nos volveremos a ver y ella no entendía nada y me miraba con una cara enorme de pena y de amor, pena y amor al mismo tiempo, pero no me iba y volvía a entrar en la casa y pedía más bebida y allí estaban varias personas visibles, y estabas tú, invisible, quemándome, bajo un espejo enorme, y cuando veo tu reino, este mundo inmenso, este acertijo, las carreteras, los árboles, los coches, las motos, las nubes, las ambulancias, las miles de ciudades y sus hombres dentro, y los niños, y los perros, y los trenes, cuando todo eso pasa a mi sangre me vuelvo loco, y tengo que beber mucho, mucho, mucho, copas a miles para poder soportar tanto amor a las cosas, a los cuerpos milenarios, a las posibilidades milenarias, y entonces quiero volver a acariciar a esa niña y ella no me entiende, piensa que sólo soy un ilustre borracho, o una santidad monstruosa, y ojalá así fuera, ojalá así fuera, y ojalá así fuera,..." 
Manuel Vilas 

4.10.13

041013


Ahora me engaño, aunque sea con ilusiones, 
        para no sentir el vacío de mi vida.

                                                   Κωνσταντίνος Π. Καβάφης

18.6.13

180613


En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Jorge Luis Borges



Una vida en la más pura ortodoxia del viaje circular
no es navegar en una cinta de Moebius
sino representar que se tiene,
rumiar sobre la inmovilidad de la mesa del refectorio
en las sillas tatuadas de anécdotas
como aquellas donde las ramas secas de las plantas
fueron sembrando en el aire
según se ardían por la sequía de la mirada.

Nadie debería contar esta historia
alimentada por regalos poblados de sorpresas,
verdades tan reales para parecer ciertas,
trinares de pájaros que guían al personaje
de vuelta a su morada
para retribuir sin ambages
la energía desprendida
por sobrevivir sitiado en la geografía del caos.

30.5.13

Un día a la vez


 1. Temperatura corporal

“La vida se va escurriendo y el tiempo se sale con la suya/mañana igual que hoy” escribía W. H. Auden, estos versos regresaron a mi cabeza cuando terminé la lectura de la novela Signos vitales de Vanessa Téllez. Estos versos y un estado de Facebook de Rogelio Guedea, son para mí, ahora, el soundtrack textual para generarme más preguntas sobre la novela que hoy nos convoca. Guedea escribía: “He llegado tarde a todo. Nadie me cree cuando lo digo, pero es cierto. He llegado tarde a todo, incluso a aquello que tenía que escribir. Ya antes alguien lo había dicho mejor que yo, tantas veces. Y yo he tenido que venir a repetirlo, y mal. Lo he hecho porque sé que el hombre es un desmemoriado. Pronto se olvida de su historia, de su país, de sus manos, de todo. Por eso hay que recordar las cosas todos los días, escribirlas nuevamente desde el principio, aunque ya sepamos (lo sepamos con desgana) que hemos llegado tarde a ellas, como yo ahora que lo digo. Me pesa, es cierto, y qué se le va a hacer. Qué diferente habría sido haber escrito el primer zumbido de abeja, aquella flor abriéndose, el mar golpeado por los remos de una barca que naufraga, un árbol quebrándose, y cayendo. Ahora mismo, incluso, nadie me lee... Mi escritura no tiene espalda y eso, al menos, le hace menos dolorosa la caída”.  Esta caída que he venido postergando hasta el final de las 139 páginas de la novela y que descargó sobre mí una especie de liberación que regresase a mi cuerpo la temperatura corporal que esperaba.

2. Pulso

“Las personas nos llegan un día de la nada, aparecen en la calle, caminando por las avenidas, subiendo los escalones de una casa cualquiera; todos los movimientos acontecen sobre la prisa de la rutina, y luego, con más calma, esas mismas personas, todavía extrañas, se sientan en tu casa, toman tus libros, inspeccionan tu cama, revisan tu ropa, te huelen, esperando quizá olfatear algún secreto”. Esto, desde luego no es mío, no estoy apto para escribir algo tan profundo y honesto, esto es el principio del capítulo XXII de la novela, son esas palabras las sombras de Vanessa. Ella es y no es quien habita las páginas de la novela. Zoé, la voz que narra Signos vitales, es y no es Vanessa. Zoé es quien carga de perdigones una granada de recuerdos y después va dando cuenta de la explosión de ellos. Ella sabe que la inminencia de la muerte fue quien dejó caer esa granada. Zoé va entonces caminando sobre los restos de esos recuerdos. Realiza el viaje sin más armadura que ir al encuentro de su pasado para confrontar é intentar responder su presente. El pulso de la novela está fincado en el amor. Sí, en el amor desde la otra cara de la hoja que suele ser ese cuchillo artero con que se descuartizan los corazones. Es entonces el amor y el rencor, el odio, quienes hablan. Las imágenes poéticas se suceden y uno descubre entonces, vuelvo a citar a Zoé, que “la felicidad no está en nosotros, apenas es un segundo que nos acaricia, una palabra que nos consuela del vacío que abundante se yergue en nuestras cabezas”.

3. Presión Arterial

El amor son todas nuestras rabias. Nuestras alegrías y esos segundos que se acumulan en la memoria y que después desaparecen. Yo también al igual que Zoé, “cuando todo resultaba nuevo, cuando sorprenderme por pequeñas cóleras era incluso afortunado, pensaba que el amor debía ser la más hermosa de las miserias”. Al igual que ella, pero sin estar desahuciado, he auscultado en la soledad como un viaje iniciático a nuevos estados de convivencia. A sitios inconmensurables en donde, en medio de la estridencia de la compañía del mundo, la existencia del ser humano se reduce a interrogantes, a pequeñas placas, a breves imágenes que en secuencia constituyen la película de nuestras vidas.  

De entre la serie de secuencias que hilvanan la historia, existe un pasaje que habla del amor y el descubrimiento del mundo. Un pasaje que tatúa la imaginación de quien lo lee, pues no quedará intacto después de hacerlo. Un pasaje que habla sobre Zoé y su prima Esther (quien tiene una enfermedad que la condena a parecer niña) y una visita que realizan a una zona de prostíbulos. Un pasaje que abunda en las bondades de la noche y sus habitantes, en el deseo, en el descubrimiento de la sexualidad que oscila entre la inocencia y la perversión.

4. Frecuencia respiratoria

Leo en un blog: “Los que sobran, los que faltan, los que siempre harán falta, los que jamás van a sobrar… he tropezado tantas veces contigo que a veces creo que eres todo menos piedra. Ven y dame un abrazo inexplicable”. Y pienso en el rostro de quien posteó esas palabras. Pienso en el rostro de Zoé, de Aura, de Jacinta, de Esther, de Alma, de Martha, de Fabián. Pienso en el Acapulco que no es la joya turística que hemos conocido. En los habitantes de un Guerrero incendiado por el odio, el rencor, la soledad y el dolor que hoy se lee también en los diarios y en la literatura guerrerense. Pienso en Signos vitales como una larga epístola que habla de las pulsiones del ser humano, de sus más íntimos reproches y sus más profundos placeres. Pienso en la incertidumbre de la protagonista y de su viaje personal a la Itaca de los brazos de su padre. Pienso en la cantidad de hombres y mujeres que crecen con los cimientos de una familia fracturada. Pienso en quienes fracturan la familia ya construida. En cómo el amor y el cariño en ocasiones no son suficientes para edificar algo. Pienso en la cantidad de imágenes tan crueles y hermosas que pululan en la prosa de Vanessa. En la forma en que el sol va comiéndose el 65% de nuestro cuerpo, en cómo entra por la ventana de la habitación donde escribo estas palabras, y acumula su sombra y devora el día, hasta convertirse en noche y recordarme que todo ocurre un día a la vez. Pienso en esa frase que ahora mismo puedo repetirme como un mantra, en esa frase que está escrita entre líneas en la novela Signos Vitales y que ahora sirve para recordarme que la soledad era esto, que la vida es esto y muchas otras cosas más: un día a la vez.  

28.12.12

vida digital

Soy un tipo sin mayores tormentos en la vida: me dan gripes, me pego en el dedo chico del pie contra la pata de la cama, las mujeres me dejan, se me cae el cabello. En cuanto a mujeres, como jamás se me lanzan al cuello y me lamen, siempre he tenido que establecer tácticas, insistir, convencerlas. En el amor soy como una vieja película de culto: te metes a verla porque te suena conocida. Dependo de la permanencia voluntaria. Y de la peculiar locura de la dama en curso. Es cierto: mientras ellas buscan en ti llenar los huecos en sus vidas. La locura momentánea y la locura permanente se encuentran. Eso es el amor. 

Vida digital (fragmento)
Fabricio Mejía Madrid.